26 marzo 2011

Penumbrae






Se está bien aquí arriba. Caliente. Sola, a salvo de las miradas curiosas, de los rostros ajenos y tristes de los unos, de las sonrisas fingidas y circunspectas de los otros, ¡ya sé yo qué poco les gusta ver la cicatriz que me cruza el rostro! un rostro que nunca fue vulgar, o eso decías tú. ¡Qué raro! es ahora que ya no estás, cuando he empezado a creer en tus palabras.

Tras mi atalaya enrejada acaricio mi mejilla rota, sin temor a las preguntas veladas de los ángeles sombríos que esconden corbatas tras sus batas blancas. Ratpunzel que peina una y otra vez el sendero que dejó tu paso. Les miro. Allá abajo, en una inmensa mancha gris de cemento, las hormigas trazan un plan ya previsto. Las batas blancas primero. Detrás, torpes, desaliñadas, las sayas verdes como yo. Observo los absurdos caminos que forman mientras repaso la última huella que dejó tu mano antes de partir. Mis dedos sucios. Mis uñas rotas.

Me gusta hacerlo. Es vivirte otra vez.

Aquí arriba se está bien. Caliente.

Sola.

Una joven mira hacia mi ventana mientras me señala con su dedo tembloroso y agarrotado. Ahora el insecto soy yo. No quiero escuchar lo que dice. Una pequeña mosca atrapada tras una celosía de metal, eso soy ahora. Puedo oír como grita con sus ojos de loca, un cuerpo deforme, la boca distorsionada. El chillido agudo de las zorras en celo.

-!Aquélla, aquélla mató a su hombre¡-, está diciendo.

¿Qué sabrán ellos, amor?,

¿qué sabrán ellos?


Sin saber por qué, yo también estoy gritando.




Imagen: Siro Antón