Tal vez, algún día, anciana y satisfecha, pueda decirle al espejo: ¡qué hermosos momentos aquellos! ¡qué precio tan pequeño por tocar el cielo! Gocé, viví, eso basta. Tal vez, algún día;
de momento, por ahora, tu recuerdo es un murmullo de insectos en mi seno, un ruido de gusanos royendo entrañas, unos ojos vacíos de alma, moscas azules en tu boca falsa;
de momento, y por ahora, ¡cuán cruel es el olvido! ¡cuán amargo apurar su copa!
La Cenicienta es un ejemplo para nuestra vida por los valores que representa. Recibe los malos tratos sin rechistar, busca consuelo en el recuerdo de su madre.
A través de los ventanales desnudos una luz gris de amanecer frío iba bañando poco a poco la estancia dejando a su paso el claro relieve de los objetos que allí había. La suite -dormitorio, sala de estar y un gran baño-, era de un lujo exquisito aunque algo ostentoso. Gruesas alfombras cubrían el suelo de madera pulida, aquí y allá pequeños detalles daban cuenta del gusto exquisito del propietario, delicadas lámparas de suaves formas, muebles de estilo, una chimenea elegante en su sencillez, bellas pinturas en las paredes, algunas tan modernistas que resultaban atrevidas para la moral de la época. Por fortuna, ninguna de sus respetables amistades entraría nunca en aquella estancia, las habitaciones privadas de Pepe Cruz en la casa familiar eran eso, privadas, y se respetaban, con más razón desde que volvió de Rusia. El fuego que ya jugaba en la chimenea a tan temprana hora caldeaba la estancia innecesariamente pues los radiadores escupían un calor que se podría calificar de agobiante, Pepe Cruz, hombre del sur, abominaba de aquellos noviembres de Madrid, cuando el frío, la lluvia y el viento parecían conjurarse contra la ciudad y sus habitantes.
Al pie de una de las ventanas, frente a la Puerta de Alcalá, Pepe se hallaba tumbado, insomne, en la cama aún caliente por el peso y el aroma de su última visitante, la nueva criada, recién llegada de un pueblo de Toledo -le había contado mientras se desnudaba azorada-, de nombre impronunciable, el pueblo y la criada. Por supuesto la chica no era virgen. Ninguna lo era ya, algo que indignaba a Pepe en lo más profundo de su ser. No habíamos hecho una guerra para que la moral del pueblo siguiera tan disoluta como siempre fuera, de manera que ya no era uno capaz de encontrar muchachas vírgenes a las que iniciar. Todas contaban la misma historia, que si el marido de la señora, que si el señorito de la finca, que si el amigo del señor. Excusas baratas, como si él no supiera bien que si ellas no hubieran querido ir a la cama a revolcarse con las clases altas nada hubiera pasado. ¡Pero si él conocía de casos que hasta ellas mismas provocaban al dueño de familia, buscando conseguir vete tú a saber qué favores! a hombres que amaban a sus familias y respetaban los valores, cómo si no fuera la misma gente de bien la única que sabía valorar la virtud por encima de cualquier otra cosa. Pues bien, este hecho tan sencillo parecía imposible de inculcar en las mentes del pueblo. Además, si se había tenido un error, y todos somos humanos, siempre quedaba la oportunidad de servir en otras casas, si una era trabajadora y no pedía mucho no hacía falta ninguna buena referencia de nadie.
Se sentía inquieto. Ni siquiera la tanda de azotes furiosos con que obsequió a la muchacha había conseguido calmarlo. Al principio creyó que sí, que las lágrimas de la joven conseguirían evaporar el enfado por su falta de virginidad, incluso le pareció que hasta le calmarían ese ansía intolerable que se había apoderado de él desde la noche de la muerte de Lupe. Vana esperanza, ese llanto no sirvió de nada, al poco la muchacha se sumió en una especie de babia y él se limitó a penetrarla una y otra vez mientras no dejaba de pensar en Clara y el dulce abandono al placer que el dolor le provocaba.
Desde luego pensar en Clara era lo menos indicado para sus nervios torturados. No se lo iba a negar a solas, la echaba de menos. A veces, de una manera que le sorprendía, se encontraba recordando la noche que la conoció y el aire desvalido, de perra apaleada más bien, con que le miró, huidiza, cuando Lupe les presentó. Parecía gritar que deseaba pertenecer a alguien, a algún lugar y eso es lo que él le había dado. El sitio de Clara estuvo donde estaba él desde ese primer instante y así debería haber seguido siendo si Lupe no hubiera empezado con sus tonterías y sus celos absurdos, pidiéndole demostraciones de vete a saber qué, insistencias que habían terminado por agotar la paciencia de Pepe.
Un año ya que no la veía y, aunque el caso en sí había dejado de preocuparle, la insistente negativa de ese maldito doctor Linden en no permitirle visitas le tenía enervado. Necesitaba verla, saber si de verdad se había vuelto loca o era una de esas cabezonadas que de vez en cuando tenía: no hablar de lo que veía, ni de lo que sabía, ni de nada, si a él le ponía de los nervios aquella actitud no quería ni imaginar al mediquito. Una de las enfermeras, hija de un eminente general, le tenía al tanto, por lo visto la paciente le había caído en gracia al dichoso Linden aunque hasta el momento no había dicho ni Pamplona. Había tenido que acostarse con ella y recetarle esas pastillas a las que se había habituado, después de una de las cuales empezó a hablar de la asesina del hospital y no había parado hasta que Pepe la dejó en casa de papá. La muy tonta creía que, con un padre que entraba y salía de Meirás como Pedro por su casa, podría hacer de Pepe de la Cruz su marido y él desde luego no la desengañaba, no era de esos a los que les gusta hacer daño sin necesidad y mucho menos cuando la mujer podía ser tan útil como informadora. Seguro que mejor que como enfermera, le constaba que no sabía ni cómo poner una inyección, pero, bueno, era una señorita abnegada y con buena voluntad, fina aunque un poco tonta y al fin y al cabo aquel hospital era para gente pobre. Bastante que el Estado se preocupaba por ellos, para que luego criticaran al Régimen. La mayoría de los pobres eran rojos y, ya se sabía por los estudios del eminente psiquiatra Vallejo, los rojos tenían algo en el cerebro que los hacía rebeldes contra el orden establecido. Gente violenta, sin más valores que un plato de comida caliente y un colchón donde tumbarse.
No aguantaba en la cama, así que se incorporó para servirse una taza de café del servicio ya dispuesto en la pequeña mesa situada al lado de la chimenea. Clara adoraba esa mesa, cómo la acariciaba, con aquellos dedos pequeños y trabajados, puro ébano – le enseñaba él, paciente-, traída de Alemania. Se callaba, eso sí, que alguien del pelotón de fusilamiento le aseguró que había pertenecido al judío francés al que acababa de dar el tiro de gracia. La pieza, elegante en sí misma gracias a la belleza de la propia madera, de un brillo puro y antiguo, había sido labrada por las manos de un maestro ebanista del s. XIX. Una joya, vamos, y al fin y al cabo, sin aquel tiro, el judío hubiera sufrido una cruel agonía. Nadie sobrevivía a un pelotón de fusilamiento, ni siquiera esos putos demócratas. La vida no es justa así que, a veces, es la piedad la que obliga a tratar a los hombres como a los animales, también él había tenido que matar con su propia escopeta al caballo fiel de su adolescencia, y eso sí que le dolió de veras. Si se pensaba bien era un acto de justicia que se quedara con aquel mueble, como buen médico había dado una muerte rápida a su propietario, además, nadie hubiera entendido como él la belleza que se escondía tras aquellas formas preciosas.
Nadie no. Clara, a pesar de sus orígenes, también había sabido ver aquella belleza. Clara, Clara. Clara llena de rincones. Clara llena de sorpresas. Había movido todos sus contactos en la policía, que no eran pocos, sin hacer mucho ruido no fuera a levantar sospechas, pero nada había conseguido. Clara estaba bajo tratamiento médico y solo el doctor Linden podía autorizar las visitas. Pepe se había informado sobre el dichoso doctor: hijo de uno de esos idealistas europeos, un demócrata, amante del sufragio universal y los derechos humanos y siempre presto a luchar contra el nuevo orden que avanzó sobre Europa hace 20 años y que de tan poco sirvieron contra el triunfo de ese nuevo mundo en España. El problema del doctor era su madre, intimísima de doña Carmen, así que lo último que le interesaba a Pepe era que el propio Franco se preguntara por el interés de un Cruz por una vulgar asesina, y más sabiendo cómo se las gastaba el General.
Solo le quedaba esperar. Esperar a que sus presiones para que el amigo juez dictara cuanto antes fecha del juicio surtieran efecto. Esperar a que a nadie se le ocurriera preguntar por el informe de la autopsia. Esperar que Clara no empezara a hablar sin que estuviera él delante. Justo lo que Pepe no soportaba. Esperar. Respiró hondo, aquel asunto debía ser olvidado cuanto antes. Si todo salía bien, como esperaba –otra vez la palabrita-, él, todo un caballero cristiano, intercedería a favor de Clara, pagaría su tratamiento, incluso la alojaría en su propia casa, a su merced, bajo su tutela. El doctor Pepe Cruz era un héroe de la Patria. El doctor Pepe Cruz era un eminente cirujano, respetado y querido. Esos pensamientos le llenaron de seguridad y, ¿por qué no decirlo?, de alegría ante la esperanza de volver a tener a Clara a su lado, en silencio, a sus pies.
Sí, todo saldría bien a pesar de todo.
Llamaría a Marlene, pero esta vez le exigiría que la chica fuera virgen, virgen de verdad. La alcahueta era muy chapucera a veces y le traía material averiado, aunque, en honor a la verdad, las jóvenes siempre se sorprendían con sus prácticas, lo que hablaba bien de Marlene. Eso sí lo valoraba, puede que las chicas no estuvieran intactas pero eran inocentes y por eso la perdonaba, pero además tenía muy en cuenta su discreción, la conocía hacía años y nunca había tenido que arrepentirse.
Más tranquilo después de la llamada, el hombre volvió a reclinarse en la cama. Cogió el periódico, la tinta ya no mancharía sus manos. Leyó sin interés. Como en los últimos veinte años, España vivía tranquila, gracias a Dios.
Cae la tarde con su aliento de belleza y angustia, un dios de bronce besa mi seno (dorado eco de otros regazos), sombras en el rostro y dos lunas opacas, ajenas ya a encantamientos.
Lejos, detrás de las ventanas, más allá de las antenas, (monstruos amenazantes de acero y codicia), lejos de los ruidos tóxicos, de los vapores tóxicos, de las palabras envenenadas de los políticos cicateros,
lejos de las prisas con minutero en podridos subterráneos (topos ciegos corriendo en un círculo alocado)
Lejos, allá lejos, el sol muere de nuevo.
Fanny Herreray sus versos en laSALA BUKOWSKI, de Madrid, el próximo 1 de octubre de 2009, a las 21,00 horas
Yo es que no entiendo nada, ¡mira que me da problemas esta mujer!, pues no va y me sale ahora con que hasta aquí ha llegado, que esta es la última que le hago y que espera no volver a verme más, que desde luego ella no está para hacerle la limpieza a mis otras amantes faltaría más, que qué me había creído yo, hasta ahí podríamos llegar dijo, en un tono de voz que nunca le había oído, duro, seco, que me impresionó vamos, ni imaginaba que podía ser tan fría, es que ni una lágrima , oye, ni un grito salvo para pedirme respeto, ¿respeto?, ¿pero cuándo le he faltado yo al respeto?, que eso no se le hace a ella, dice, la pedazo de guarra, sabré yo las cosas que se le pueden hacer a ella, lo que a mí me de la gana se puede, y bien que le gustan, y bien que gime cuando le doy lo que necesita, la muy perra.
Líos y más líos, eso es lo que no ha dejado de traerme desde que la conocí, a mí, un hombre sencillo que procura tener contento a todo el mundo y en especial a ellas, que me desvivo por todas y cada una, y eso que ésta parecía tan dócil y fácil, ¡facilísima no te jode¡, vamos que cayó en mis manos sin apenas esfuerzo, miel sobre hojuelas, tan dulce y entregada que si me llegan a decir que saldría luego con las que ha salido ahí iba a estar yo ofreciéndole mi casa y mi cama, y ahora va y me suelta que para ser sultán hay que tener muchos huevos, huevos dijo, ¿cómo se atreve a hablarme así?, y mucha sensibilidad, y que yo no sé lo que es eso, ¡vaya, ahora el móvil¡, la Chus, ¿qué querrá ahora?, que me echa de menos dice, no como la otra, que después de la escenita que me montó por teléfono no ha dado señales de vida, ya te retorcerás, ya, y me echarás de menos, ya, ya me echarás de menos, y mientras yo venga a negarlo todo, como un imbécil, no lo entiendo, si ella sabía lo de las otras, siempre lo ha sabido, no como esta a la que me he cuidado muy mucho de hablarle de las demás, es que ni se me ocurre, vamos, pues anda que no son retorcidas las mujeres ni nada, y cuando se ponen celosas insoportables, la conexión a Internet funciona cada vez peor, un email de Mariví, a ver si se me abre, llevan fatal la competencia, son siempre enemigas entre sí, nada nobles, no son capaces de entender que cada una es especial y distinta para mí, así que lo mejor es estar calladito y hacerlas creer que puede que no sean las únicas, pero también puede que sí lo sean, o por lo menos "la especial", un truco que me ha funcionado siempre, no sé por qué no hice lo mismo con la imbécil esta, con ella todo lo contrario, conocía a las otras, que hasta las fotos le enseñaba, la confianza que le tenía que hablaba con ellas por teléfono mientras la muy guarra me chupaba la polla, que bien que le conté todo desde el principio, para que no se anduviera a engaño y ella lo aceptó sin rechistar, y bien que sabía, ¡lo que ninguna¡, cuándo estaba con una o con otra, si hasta cuando me iba de vacaciones con Mariví, o con Pilu, se lo decía, y aunque no se lo dijese, que ella bien que sabía lo que yo quería decir cuando me callaba.
A ver Mariví qué se cuenta, un poema, otro, qué manía tienen las mujeres de mandar versos cuando las has satisfecho sexualmente, bueno, es que son hasta capaces de recitarlos mientras follan, la muy idiota lo hacía, nunca me enteraba bien de tan bajito que hablaba, aunque reconozco que eso me encantaba, susurraba en éxtasis intentando conservar el control, recitando un verso, algo digno de ver, la muy tonta, si hasta me daban ganas de abrazarla, a ver si va a encontrar otro que la ponga como yo la ponía, la muy desagradecida, encima que la perdoné la primera vez que se largó diciendo que si yo no le bastaba, que si yo era muy frío, que si conmigo había perdido la autoestima, bobadas, que tuve que llamarla yo y hasta insistirla, lo que no he hecho por ninguna otra vamos, que si yo no la sacaba nunca de paseo, de paseo dijo, con ese tonito guasón que pone cuando está hablando muy en serio, que es que me saca de quicio, como el día de la escenita, hace ya dos semanas, dos semanas, ¿qué coño estará haciendo con lo loca que se pone cuando yo no la controlo?, también puso ese tono, que si había aprendido muchas cosas de mí, alguna hasta buena dijo, como por ejemplo a fiarse de lo que ella ve con sus propios ojos, la muy tonta, y yo a negarlo, claro que ¡cualquiera le admite la verdad! si le digo que sí, que dada nuestra confianza y nuestra complicidad (y mi ausencia de servicio doméstico), la utilicé para hacer limpieza en casa, que también hay que comprenderlo, que sin chica yo me organizo fatal, sobre todo con los baños, además, la nueva necesita atenciones especiales, tejer la red adecuadamente, que por lo menos eso podría entenderlo, digo yo, que parece mentira que no me conozca después de tanto tiempo juntos.
Es capaz de no volver a llamar, la muy boba, pues que no llame, que se pierda las cosas buenas de la vida, porque lo que es otro como yo no va a encontrar, diga lo que diga ella con ese puto tonito, que precisamente lo que no quiere volver a encontrar es a otro como yo, que va servida, dijo, pues tú te lo pierdes, guapa, ¿y esta otra petarda qué querrá ahora? mira que les encantan los mensajitos, que nunca ha sido tan feliz como la noche pasada, lo que es seguro es que nunca te habías corrido así, cerda, todas dicen lo mismo, qué monótonas y previsibles son, la estúpida también decía estas tonterías, pero la muy bruja bien que se guardaba cosas, qué poco sincera, y yo venga a contarle, a darle toda mi confianza, mientras ella se lo callaba todo, si es que soy demasiado bueno y no se puede ser así con las mujeres, tan falsas y tan desleales.
Sé que es un tipo que puede resultar antipático. Sé que incluso puede parecer un pelín machista (yo creo que no solo lo parece), aunque también creo que es un provocador en la "guerra" entre los hombres y las mujeres. Incluso estoy dispuesta a aceptar que su voz ha empeorado, mucho más después del "marichalazo" (como él mismo define a su accidente cardiovascular), aunque solo lo haría tras dos copas y un porro porque, en el reino de los sobrios, yo siempre defenderé que su voz simplemente ha madurado, como la de Jacques Brel. Que no se diga que soy una fan que no ve los defectos del ídolo... Je
Y, sin embargo, ¿quién puede negarse a la verdad que ocultan sus canciones?, ¿puede alguien no rendirse a los mundos callejeros, urbanos, por los que sus letras nos pasean?, ¿quién no se ha sentido alguna vez como un torero al otro lado del telón de acero o ha querido ser el pirata cojo de pata de palo con cara de malo?, ¿o es que nos vamos a engañar creyendo que no es verdad que los besos que crean adicción son los del pecado? ¿o que nos robaron el mes de abril y aún no hemos averiguado quién lo hizo?, ¿o es que acaso el amor no es ese juego en el que dos ciegos juegan a hacerse daño aunque el olvido dure poco más 19 días... y 500 noches?, ¿quién no ha habitado en el olvido?
¿Quién no ha dicho alguna vez una mentira piadosa?, ¿estamos seguros de no haber escuchado una de ellas alguna vez?
"El ballet de los soldados rasos" es una oda anti-belicista denuncia de los conflictos armados y la muerte de los inocentes por defender el nombre de una patria y los límites marcados por las fronteras dictadas por los dignatarios.
Gracias, Isidro, por recordarnos cosas que no debemos olvidar.
Ya en la calle Linden se subió las solapas de la gabardina hasta las orejas, rezongando por el horrible clima de esta ciudad en la que el frío llegaba a hacerse insoportable. Era esa hora de la madrugada cuando la noche es más oscura, justo el momento que antecede al alba y eran pocos todavía los que buscaban la Gran Vía, perdón, Excelentísimo, se dijo Jaime con ironía, la avenida de José Antonio, que así fue rebautizada por los vencedores. Vencedores como los dos oficiales que echaban el último cigarro frente al portal de Lina y con los que apenas unas horas antes había tomado unas copas de jerez –en la cristalería que Lina guardaba para los clientes más apreciados-, mientras esperaban la aparición de las chicas en la sala. Bueno, esperaban ellos, el comandante y su coronel, porque lo que es él no se comía un rosco en esa casa desde que parecía más un tío anciano de América que un putero como antes, como siempre había sido. Y es que desde que se encontró aquella noche a Lina, rota en pedazos, nunca más pudo considerar aquella casa un burdel, bien al contrario, por extraño que parezca, fue a partir de esa noche que aquel piso comenzó a ser parte de su vida, a considerarlo su hogar. Nunca más habían hablado Lina y él de aquello y, sin embargo, el lazo que los unía se había hecho más visible y más fuerte. Era Jaime quien se sentía agradecido a Lina por abrirle su corazón sin pedirle nada a cambio, por confiar en él, por darle las llaves de su casa sin pregunta alguna.
Al principio sí que lo pasaba bomba, recién acabada la carrera, cuando el horror por el estudio de aquellos experimentos en la cátedra de Psiquiatría aún no había tomado forma en su mente, cuando aún era un joven mimado y protegido y cuando aún quería seguir siéndolo. Entonces sí que disfrutó de todas las chicas que pasaban por la casa, sabiendo que Lina le apreciaba y que, quizás por eso, quizás para asegurarle como cliente, o contacto, o sabe dios, le hacía un precio especial, rebaja que luego cargaba sobre otros, sobre estos dos, por ejemplo, que fumaban mientras soltaban las risotadas que les producían sus últimas hazañas sexuales, las bélicas ya se las habían contado mientras esperaban. El caso es que uno de ellos no era mala persona, hasta parecía que se avergonzaba de las baladronadas del otro, el coronel que no paraba de jugar con el arma con la que, por lo visto, había matado a unos cuantos rojos en los primeros días de la sublevación, allá por la Universitaria.
Cuando oyó aquello Linden contuvo el aliento, en la Facultad de Filosofía habían muerto en esos días algunos amigos de su padre, el otro doctor Linden, un humilde profesor de neurología en la Facultad de Medicina, todo ello, humilde y profesor, por amor a una noble española. El doctor Gabriel Linden, el apasionado seguidor de Freud, el danés rubio, grande y apasionado que vino a España atraído por las historias que se contaban sobre los ideales de la izquierda española y fue para quedarse, hechizado por el calor, el vino y las mujeres. El encantamiento fue tal que al final se casó con una de ellas, no sin antes preñarla eso sí, aunque tuvo mal ojo, porque la señorita de las Fuentes, marquesa de Gredos, era muy guapa sí, pero tenía poco dinero y, lo peor, mucho miedo.
Jaime no había olvidado el día en que su padre les dijo muy serio, muy distinto, que debían irse a París y refugiarse en la embajada de Dinamarca. Él no era bien visto por los golpistas, lo había notado en las miradas que le dirigían los compañeros, por no hablar del catedrático del Departamento, y ahora que habían vencido no dudarían en ir a por todos aquellos que de alguna manera se habían significado en el apoyo a la República, y de poco le valdría a Gabriel su matrimonio, los suegros, tan de buena familia, tan señores, jamás habían aprobado aquel enlace y su mujer, débil, la siempre niña, tampoco había sabido defenderse de aquellos cuervos. Así, María José, marquesa de Gredos, la frágil esposa de un modesto profesor, fue cayendo poco a poco, y después del parto difícil de Jaime ya con rotundidad, en las garras de su madre, la vieja señora, la abuela de Jaime, la que daba tanto miedo. Todos ellos, tal vez incluso su propia mujer, deseaban la desaparición de Gabriel, de la manera que fuera, con cualquier excusa, lo que no hacía falta ya que, Jaime lo intuía a pesar de su corta edad, su padre hasta había estado pegando tiros, que el niño bien sabía de la existencia de la pistola por murmullos, ruidos de cajones, pequeñas llaves ocultas. Supo que su padre se iba porque lo vio en sus ojos rojos, en sus labios húmedos, en el rictus de las comisuras, en aquella horrible expresión que nunca antes le había visto en la cara. El sólido Gabriel, la piedra sobre la que se asentaba su corta vida, había estado llorando y eso descompuso su pequeño mundo de 10 años. Hasta entonces solo su madre lloraba.
La señora marquesa se negó a marcharse, -ahora que, por fin, habían ganado los responsables, los decentes, la gente seria y formal, se iba a ir ella de España-, incluso intentó convencerle para que se quedara, tan solo tendría que firmar un documento y su padre, y sus influencias, conseguirían el olvido de sus “pecados”, así los llamó: pecados. Fue entonces cuando Gabriel miró a su hijo, poniéndose a su altura, y le dijo, muy bajito, con una voz muy rara, que él debía ser ahora el fuerte y cuidar de su madre y, mientras lo decía, deslizó un papel entre los pequeños dedos de su hijo. Jaime aún conservaba aquella nota bien dobladita dentro de su cartera, ya amarillenta después de casi 20 años. Luego le besó, un beso largo y prieto que aún le quemaba, y se dio media vuelta, todavía podía recordar el cosquilleo del bigote de su padre sobre las mejillas. No miró atrás ni un solo momento. María José de las Fuentes, marquesa de Gredos, rompió a llorar, más fuerte todavía, allí, sentada en su silla Luis XVI y rodeada de los tapices familiares, más poderosos que aquel neurólogo chiflado, seguidor de las teorías de Freud, que un día no lejano la enamoró como nunca nadie jamás lo haría. Quizás lloraba por eso, nada duele más que el tiempo que quedó perdido.
Fue en la plaza del Callao, recordando aquellos horribles tapices de la casa familiar donde su madre vivía recluida, cuando las preguntas afloraron en cascada: ¿qué habría sido de la herencia de Lupe Losada?, ¿tendría algún familiar cercano?, seguro que una chica tan joven no había hecho testamento, con tan solo 21 años ni siquiera era mayor de edad, y debía disfrutar de una posición holgada, de eso no cabía duda, Antonio Losada era conocido en los círculos más respetables de Madrid como un próspero comerciante y un hombre discreto, le habrían nombrado algún tutor, ¿algún familiar?, ¿algún amigo?, ¿tendría algo qué decir el doctor Cruz de esto?
Seguro que Soto le sería de ayuda, el viejo Soto, el primer amigo que tuvo en la policía, el que le dejó claro desde el principio que su posición de marquesito no era nada al lado de contar con el apoyo del Régimen, y más con sus antecedentes paternos, y, sin embargo, se lo dijo con tal franqueza, con tal claridad, que a Jaime le gustó desde el principio. Mientras que cualquier otro se lo hubiera demostrado humillándole delante de los compañeros, Soto había preferido decírselo en privado, y la advertencia ni siquiera era mentira. Con la experiencia en el Cuerpo Jaime tuvo tiempo de caer en la cuenta de que aquello fue un consejo más que una amenaza, que lo que había hecho era advertirle de lo difícil que sería su vida profesional en la Policía franquista si no tenía bien asumidas algunas cosas.
A esta hora Soto estaría saliendo de su casa de Desengaño para irse a Gobernación. Jaime sonrió, el comisario era un gran aficionado a los dulces, no le haría ascos a un desayuno en San Ginés. En aquella España una invitación a desayunar chocolate caliente y churros recién hechos todavía era capaz de desatar las lenguas con más facilidad que el más exquisito de los vinos.
La Gran Vía comenzaba a llenarse de gente camino del trabajo, o saliendo de los burdeles. Callao era un griterío de chavales, apenas 8 años en sus caritas de hambre, repartiéndose los periódicos, pies menudos y sucios envueltos en gastados zapatos, pequeños soldados de mil caminatas sorteando las zanjas y más zanjas que invadían las aceras como sombras fantasmagóricas de una guerra maldita, condenada a no ser olvidada jamás. Corrían hacia Alcalá, camino de los barrios prósperos, quizás alguno de aquellos periódicos sería el que leería su madre un poco más tarde, el mismo que le sería entregado por su doncella en la bandeja de plata de vete a saber tú de qué siglo. La plaza olía al anís y al orujo del café de los obreros de todas las edades que cerraban y abrían socavones, reconstruyendo a toda prisa, intentando el olvido de cuánto dolor y destrucción puede albergar el corazón humano.
A esa misma hora Marlene hacía caja después de despedir a los últimos clientes. Trabajaba en su pequeño despacho, un cuartito que se había habilitado al lado de la cocina, en silencio, contando y anotando en su pequeña libreta de cuero negro, regalo de un viejo amigo. Le gustaba ese momento, cuando ya no quedaba en la casa más que los últimos ruidos de las chicas en el baño o gimoteando en la cama antes de caer rendidas. Aquel sonido la tranquilizaba, le recordaba todo el sacrificio que había tenido que hacer desde las casuchas del Matadero, cuando solo era la Paqui, hasta llegar donde estaba. Aquel llanto era el símbolo de su poder, el poder que empezó a construir cuando comprendió, bien joven, que el negocio del mercado de Legazpi no eran las frutas sino los vicios de los estraperlistas que, en los años que siguieron al fin del Alzamiento, campaban por sus fueros en las lonjas. Bueno, el llanto y los billetes que Romero, el secretario de Estado con aquellos instintos tan peculiares, le había dejado caer sobre su túnica “de trabajo”, la roja y negra, aquella misma noche.
Fue entonces cuando sonó el teléfono. Al otro lado escuchó una voz bien conocida, ansiosa, distinguida. Era la voz de uno de sus cómplices -Marlene jamás se hubiera pronunciado a sí misma la palabra alcahueta para definirse-, su cómplice más fiable, el que nunca fallaba. Le respondió con una sonrisa tranquilizadora: claro que sí, comprendo que estés nervioso, ¿cómo no lo voy a comprender?, por eso te he reservado una nueva, querido, y estoy segura de que te va a encantar.
Imágenes: Cine español, Juan Antonio Bardem, La venganza, Muerte de un ciclista.